Pluma y tenedor

Escrito por
Alessia Cisternino
, El
25/09/2017

Alejandro Dumas sostenía que para conocer bien el arte de la cocina “no hay nadie como los hombres de letras”. Es cierto, muchos intelectuales han puesto a prueba su pluma hablando de gastronomía

El mismo autor de El conde de Montecristo y Los Tres Mosqueteros fue un gran cocinero y gourmet. En 1858, en el apogeo de su fama literaria, decidió escribir un diccionario gastronómico. Un proyecto ambicioso, que finalmente vio la luz después de su muerte y que se basaba más en sus memorias que en fuentes bibliográficas. Del arroz al vino y de la Tortilla de gambas a los Macarrones a la napolitana, en esta obra Dumas hace muestra de un profundo conocimiento de la cocina en su sentido más amplio.

Por cierto, lo que opinaba de la cocina española lo podemos leer en Historia de la Gastronomía de la Marquesa de Parabere.

El Manifiesto de la Cocina Futurista, escrito por Filippo Tommaso Marinetti y el poeta Fillìa, fue publicado a finales de 1930 en la Gazzetta del Popolo de Turín y luego relanzado en enero de 1931 en La Cucina Italiana.

El objetivo de este manifiesto era “propiciar una vida cada vez más aérea y veloz”. Primer paso: abolir la pasta asciutta (pasta con salsa de tomate), “absurda religión gastronómica italiana” culpable de entorpecer cuerpo y alma. Segundo paso: crear una nueva cocina multisensorial cuyo color, forma y olor estimulasen no solo el gusto, sino todos los sentidos. Una cocina que pudiera comerse sin cubiertos, que contuviese una infinidad de ingredientes capaces de evocar lugares y paisajes remotos y que consiguiera todo esto gracias a los alcances de la ciencia. ¿A que podrían encajar en esta definición de cocina tecnoemocional ante litteram restaurantes como El Celler de Can Roca (Girona), Azurmendi (Larrabetzu) o Arzak (Donostia / San Sebastián) todos galardonados con 3 estrellas MICHELIN?

Pintor, escritor, ingeniero, arquitecto, músico… Que Leonardo da Vinci fuera también un gastrónomo empedernido no extraña en absoluto. Aparte de hacer sus pinitos en el campo de la hostelería y ser el encargado de los festejos y los banquetes en la corte milanesa de Ludovico El Moro, Leonardo se dedicó a especular sobre una infinidad de temas relacionados con la comida, su preparación y su disfrute. Podemos hacernos una idea de ello en las Notas de Cocina de Leonardo da Vinci, una divertida lectura de “ficción histórica” que pretende mostrar un lado inédito de un genio universal.

Isabel Allende dedica a la cocina una de sus obras más bonitas, Afrodita. En ella, la escritora chilena junta anécdotas personales, hechos históricos, hábitos culturales y, cómo no, recetas en las que las artes culinarias se mezclan con las de seducción. Aprendemos así que cualquier comida, si es compartida con la persona a la que se quiere, puede convertirse en un acto erótico. Incluido un simple Arroz con leche.

Ecléctico como Leonardo y tan convencido como Allende del potencial erótico de la cocina, Salvador Dalí reservó a la comida un lugar especial en sus obras y en su vida personal. El recetario Las Cenas de Gala, publicado en 1973 y recientemente reeditado, recopila 136 recetas sacadas de las legendarias y extravagantes veladas organizadas por él y su mujer Gala.

Otro intelectual poliédrico, Roland Barthes, encontró tiempo y manera de escribir de comida en su columna Mythologies (1957), una lupa de los tics de la vida moderna a la que se dedicó entre 1954 y 1956. Sus brillantes consideraciones en torno a los valores patrióticos franceses que encierran el bistec con patatas fritas, los vinos y los quesos, sobre el afán burgués que está detrás de platos decorados en exceso o sobre la cocina aspiracional del coche restaurante de un tren ofrecen una lectura poco común, y muy recomendable, de la cocina como fenómeno cultural.

 

Fotos: Gojak/iStock

 

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